Imprimir

Los muebles de mi casa

Escrito por Himar Cabrera Rodríguez. Publicado en Opinión

himar-garcia

Himar García

Vaya por delante mi opinión al respecto: No quiero que Repsol, ni nadie, saque petróleo, ni gas, ni nada, de debajo del mar ni de ningún otro sitio. Cada día estoy más de acuerdo con la filosofía oriental; la vida más cómoda no es la vida mejor. Y eso va para todo.

Decir esto es fácil, pero mantenerlo en la rutina es casi imposible. Voy al trabajo en coche, me gusta ducharme con agua caliente y a día de hoy, no me imagino la vida sin mi portátil. ¿Me quieren decir ustedes cómo gritar bien alto NO A LAS PLATAFORMAS sin un altavoz conectado a la red eléctrica? Imposible.

Son las contradicciones de nuestro tiempo. Las que a veces justificamos de forma inconsciente, incluso hasta el absurdo. Mientras, esperamos a que el sol construya por nosotros una red de placas solares, y no vemos el día en que las leyes de los hombres (canarios) permitan concursar el viento, de una puñetera vez.

Pero escribir un artículo para manifestar mis contradicciones e hipocresías parece no tener mucho sentido. Tanto más, cuando sin quererlo, critico a todos los que piensan como yo, y se contradicen cada día, como yo. Soy humano, y como humano que soy, prefiero poner verde a los demás. Allá voy:

Lo mejor de los periódicos en-línea es leer los comentarios del respetable. No sé si lo saben, pero, al menos en Las Palmas, todos los partidos tienen montada una red de voceros cibernéticos, prestos a lapidar un titular o a ensalzarlo, según la conveniencia.

El de ayer, referido a la aprobación de las prospecciones en Consejo de ministros, no ha sido una excepción. Saco una idea en claro, el argumento más sólido que sostienen los voceros del sí es el siguiente: “El petróleo dinamizará la economía y traerá puestos de trabajo”. Toma.

No sé ustedes, pero a mí no acaba de convencerme. A lo mejor porque pinto el problema en forma de metáfora y dejo escapar el sentido real de la idea. Me explico.

Una empresa que conozco de oídas, y cuyas referencias no siempre han sido buenas, se va a llevar los muebles de mi casa para venderlos. No tengo claro si voy a recibir algo a cambio. Pero si lo recibo, tendré que compartirlo con todos los inquilinos de un bloque de cincuenta pisos que está a varios kilómetros. Dicho sea, me llevo muy bien con todos ellos. Además, la empresa ya me ha asegurado, por adelantado, que dejará la casa hecha un asco. Pero lo mejor de todo es que me han convencido… ¡Voy a poder cargar los muebles! ¡Tengo trabajo!

Vuelvo y repito, no quiero prospecciones ni extracciones, pero si no hay más remedio, pido por lo menos que no me tomen por idiota. El argumento económico es falso, pero si fuera verdadero, tampoco lo quiero. Lo que quiero es que me den la parte que, en justicia, me corresponde por la venta de mis muebles. Y la razón es bien sencilla: la casa que se queda vacía y sucia… es la mía.

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios consideramos que acepta su uso. Para saber más sobre el uso de nuestras Cookies pulse, aquí.

¿Acepta las cookies de esta web?.

EU Cookie Directive Module Information